Mitos y Ritos por Faustino Alvarez Alvarez


Hace algunas semanas era noticia la celebración de un bautismo laico en nuestro ayuntamiento que despertó mi curiosidad a raíz de las reacciones públicas y privadas que tal celebración había suscitado. Ante hechos fundamentales de la vida de cualquier ciudadano como son la muerte, el nacimiento o el matrimonio, ¿qué pueden o deben hacer para celebrarlos o conmemorarlos quienes no son creyentes de ninguna religión?
Las bodas civiles fueron posibles y comenzaron a celebrarse en
España con los primeros ayuntamientos democráticos, siendo mis queridos amigos Manolo y Ana quienes iniciaron ese camino hace décadas, como El Comercio de Siero nos recordaba hace pocas semanas. De las frías y breves bodas iniciales hemos ido avanzando hacia celebraciones con un ritual y una ceremonia laica socialmente aceptada y emocionalmente satisfactoria para los asistentes.
Con la muerte, con los funerales, con las despedidas finales de nuestros amigos y seres queridos nos encontramos en una situación distinta, menos definida, en los casos en los que no hay un funeral o una despedida religiosa. En estas despedidas no religiosas nos encontramos con actos muy dispares; hay actos en los que nadie dice ni muestra nada públicamente y resultan fríos y desoladores, actos en los que la muerte lo ocupa todo y sitúa a cada uno de los asistentes ante la soledad más absoluta; en cambio hay otros actos en los que alguien ha organizado una despedida en la que se canalizan las fuertes emociones de todos los presentes y afectados por la pérdida del ser querido. Afortunadamente cada vez son más frecuentes este último tipo de ceremonias laicas en las que las personas presentes se consuelan mutuamente a través de las palabras o los actos que ritualmente alguien materializa en nombre de todos, aliviando la carga de tristeza y desesperanza que a todos embargar en ese momento.
El debate sobre el bautismo laico celebrado en el Ayuntamiento de Siero puso de relieve las carencias laicas que aún tenemos en las manifestaciones rituales no religiosas o profanas de la humanidad (en palabras Emile Durkheim) asociadas en este caso al rito o acto social y cultural del nacimiento y consiguiente ‘bautismo’ o celebración de la vida.
Habitualmente, las celebraciones no religiosas por los nacimientos termina siendo una comida y un encuentro de los más cercanos al nuevo ser, pero se quedan en la esfera de lo privado, con lo que a mi entender la celebración tiene un rango inferior en términos de su relevancia social. Por eso coincido con el parecer de quienes decidieron hacer pública su alegría por la llegada de una nueva vida a nuestra sociedad y la de quienes desde la institución aceptaron celebrar el ‘bautismo’, para así formalizar, ritualizar debiera decir, la llegada de un nuevo miembro al grupo incorporándose al mismo en la casa de todos, en el Ayuntamiento, en el templo que nos junta a todos.
No se trata de copiar ninguna celebración ritual religiosa; se trata de conmemorar o celebrar uno de los momentos fundamentales de la vida, el nacimiento de un ser humano, y celebrarlo socialmente a través de un ritual no religioso que al igual que el religioso relaciona lo social y lo individual, lo físico y lo psíquico, lo emocional y lo material.
Los ritos, no sólo los asociados a momentos vitales sino también a otros momentos relevantes en la vida de un persona o de un grupo, son una actividad constitutiva del ser humano, ese animal social creador y poseedor de lengua y cultura. Los mitos y su ritualización y descripción en diferentes formatos (cuentos, novelas, películas, anuncios, celebraciones, etc.) nos ofrecen modelos de conducta ante situaciones inevitables en nuestro ciclo vital y sin ellos no es posible construir ni vida social ni sociedad. (¡No es casual la ‘conmoción’ provocada por la desritualización del reciente debate de investidura!). De ahí su necesidad, de ahí su importancia.




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